Qué fue de Mancebo después de Movistar
Introducción Hay ciclistas que desaparecen del radar en cuanto se apagan las cámaras del Tour.
El bar no tiene nada de especial: mesas de fórmica, una tele pequeña colgada en la esquina, el runrún de la máquina tragaperras y, sobre todo, un pequeño museo improvisado en la pared del fondo. Una Banesto de los noventa con las letras medio comidas por el sol. Una Caisse d’Epargne ya apagada, roja tirando a marrón. Un azul Movistar firmado por Valverde y fechado, con rotulador plateado, en un Critérium de invierno.
Entre cañas y aceitunas, alguien lanza la pregunta como quien recupera un viejo disco del fondo de la estantería: «¿Y Mancebo, qué fue de él?». La mesa se queda unos segundos en silencio, buscando recuerdos. Lo visualizas sin esfuerzo. Mancebo encorvado sobre la bicicleta, los hombros ladeados, ese pedaleo reconocible a cien metros de distancia en cualquier puerto.
Lo ves con el blanco impecable del maillot de mejor joven del Tour 2000, siempre cerca del podio, siempre en la foto aunque no fuera el protagonista principal. Tercero en la Vuelta 2004, ganador en Ordino-Arcalís en 2005, campeón de España, dueño habitual de los puestos nobles de Tour y Vuelta. Niño de la casa Abarca, criado en Banesto, reconvertido en iBanesto, luego en Caisse d’Epargne. Uno de esos vueltómanos que parecían hechos a medida para prolongar la genealogía que iba de Perico a Indurain y, más tarde, a Valverde y Nairo.
Hasta aquí, más o menos, la mayoría se orienta. El hueco aparece cuando la conversación salta de la televisión en abierto al recuerdo confuso de la Operación Puerto. Ahí muchos bajan la vista al vaso y no sabrían explicar qué vino después. Para entender ese después hay que volver un momento a la casa en la que creció.
La estructura Abarca es algo más que una sucesión de patrocinadores: Reynolds, Banesto, Illes Balears, Caisse d’Epargne, Movistar. Es un linaje. Una forma de hacer equipo que nace a comienzos de los ochenta y se consolida con los cinco Tours de Indurain. El relato, contado muchas veces por José Miguel Echávarri primero y por Eusebio Unzué después, habla de bocadillos envueltos en papel de aluminio, de habitaciones dobles y de un perfeccionismo silencioso que poco a poco sustituye las improvisaciones por una metodología casi obsesiva.
A ese universo llega, en 1998, un chaval de Ávila al que todos empiezan llamando Paco y terminan llamando simplemente Mancebo. Su década larga en la casa podría resumirse con una palabra: constancia. Debuta en Banesto, sobrevive al tránsito a iBanesto y se asienta en la versión Illes Balears-Caisse d’Epargne como un jefe de filas en construcción, con pinta de opositor de élite. Maillot blanco del Tour en el año 2000, ocho top‑10 entre Tour y Vuelta, ese tercer puesto en la general de la Vuelta 2004, la etapa en Ordino-Arcalís un año después, doble campeón de Castilla y León, campeón de España en carretera en 2004 y de nuevo en el podio en 2005.
Sus números no deslumbran como los de los genios explosivos, pero hablan de otra virtud: la de presentarse cada día, casi nunca fallar, estar siempre ahí cuando la carrera se empina y las diferencias se cuentan en segundos. Mientras otros brillan una temporada y desaparecen, Mancebo construye una trayectoria que parece encaminada a consolidarse en la élite durante mucho tiempo. El problema es que el ciclismo de principios de siglo llevaba tiempo instalado en una tensión rara, incómoda, entre hazañas deportivas y sospechas cada vez más ruidosas. Cada subida descomunal traía de regalo un murmullo.
Cada exhibición, un interrogante. En 2006, ese murmullo se convierte en estruendo con la Operación Puerto. De pronto, bolsas de sangre, nombres en clave, médicos mediáticos, registros policiales. También, apellidos de ciclistas en titulares que atraviesan todo el país.
Entre ellos, el suyo. Mancebo está entonces en AG2R; el equipo lo aparta, el Tour lo borra de la salida y su nombre queda pegado al sumario como una etiqueta difícil de despegar. Ahí empieza la parte menos televisada de la historia. Jurídicamente, ningún tribunal deportivo termina imponiéndole una sanción firme.
No hay una resolución oficial que declare a Mancebo suspendido. Sobre el papel, podría haber seguido compitiendo en la élite. Sobre la carretera, en cambio, se mueve otra lógica. AG2R prescinde de él, el mercado se enfría de golpe, y su siguiente destino es Relax‑GAM, un proyecto español modesto que aspira a recoger a varios caídos de aquel ciclón y ofrecerles una segunda oportunidad desde una segunda línea.
Lo que ocurre con Relax-GAM en 2006 condensa mejor que cualquier informe la paradoja de su caso. El equipo tiene invitación para la Vuelta a España. Ha planificado la temporada, ha construido una plantilla en torno a nombres como Mancebo y Óscar Sevilla. Los ciclistas entrenan pensando en esa carrera.
Llegado el momento, no les dejan tomar la salida. No hay documento público que lo prohíba, no hay sanción que aparezca en los registros. Simplemente, no. Como un portero de discoteca que no necesita explicar sus motivos.
El resultado práctico es devastador: desaparece del Tour, desaparece de la Vuelta, desaparece de la foto de grupo del gran ciclismo que llenaba telediarios. Mientras tanto, otros nombres que también asomaban en los papeles de Puerto recorren un camino distinto. Valverde es sancionado dos años tras la intervención del CONI italiano y regresa para ganar una Vuelta a España y seguir coleccionando podios. Contador cumple su castigo y vuelve a levantar los brazos en el Giro.
Basso, uno de los símbolos de aquella época, asume su responsabilidad, pasa por la nevera y reaparece en equipos importantes. Todos cumplen, todos vuelven. Salvo él. La paradoja es brutal: el corredor al que nunca se le impone una sanción escrita es el que termina alejándose para siempre del WorldTour.
La sanción más dura es precisamente la que no existe: la que nadie firma, la que no admite recurso. Detrás de esa decisión difusa se dibuja un mecanismo de poder particular. No hace falta que la UCI escriba el nombre de Mancebo en una lista negra visible. Basta con que los organizadores lo miren con recelo, que los equipos que aspiran a invitaciones prefieran no arriesgarse, que los patrocinadores frunzan el ceño al escuchar su apellido.
Es un triángulo silencioso. Nadie dice «este corredor no es bienvenido», pero sus representantes se encuentran con contratos que se caen a última hora, con correos que nunca reciben respuesta, con puertas que parecían entornadas y se cierran sin explicación. El resultado es sencillo de resumir y difícil de asumir: sin perder la licencia, pierde los escenarios principales. Ahí, donde muchos habrían entendido la señal como un adiós, Mancebo decide convertirla en un desvío.
Si el mapa del WorldTour se le cierra, buscará otros mapas. Si la élite europea le niega la salida, buscará otros calendarios. A partir de 2008 se transforma en lo que podríamos llamar un trotamundos continental. Un profesional que se gana la vida sobre la bici en circuitos que rara vez aparecen en los resúmenes de fin de año, pero donde también se sufre, se compite y se gana.
Portugal, Estados Unidos, Grecia, Dubái, Japón, más tarde China y el Sahel. Nombres que para la mayoría son destinos de vacaciones se convierten, para él, en lugares asociados a puertos, repechos, hoteles discretos y victorias talladas lejos del ruido. Su etapa norteamericana ilustra bien esa reinvención. Mientras en Europa se discute sobre vatios y protocolos biológicos, Mancebo aparece en clasificaciones generales de carreras como el Tour de Utah, la Vuelta a Chihuahua, la Vuelta a Asturias, el Tour de Beauce o la Redlands Bicycle Classic.
No tiene detrás el tren milimétrico de un equipo WorldTour, pero mantiene algo esencial: la capacidad de aguantar varios días rindiendo alto. En Utah se enfrenta a la altura y al aire seco de las Rocosas; en Chihuahua, al calor que derrite bidones; en Canadá o en California, a carreteras solitarias donde solo los aficionados locales conocen los nombres de las subidas. No hay helicópteros, no hay planos aéreos, no hay crónicas en los periódicos generalistas. Hay clasificación final, hay ramos de flores, hay ruedas de prensa improvisadas en inglés macarrónico y hay una certeza íntima: sigue siendo ciclista profesional.
Su siguiente gran salto le lleva al Golfo Pérsico. SkyDive Dubai, un equipo respaldado por el dinero de los Emiratos y vinculado a la imagen extrema de los paracaidistas que se lanzan sobre la palmera artificial y los rascacielos, apuesta por mezclar jóvenes talentos locales con veteranos europeos que aporten oficio. Mancebo aterriza en Dubái con varias vidas ciclistas a la espalda y se convierte, casi sin proponérselo, en algo más que un líder. Hace de profesor, de capitán de carretera, de guía cultural.
Enseña a chavales que han crecido entre autopistas de ocho carriles y centros comerciales climatizados lo que significa madrugar para aprovechar las pocas horas de fresco, lo que implica descansar de verdad entre viaje y viaje, cómo se mueve un pelotón cuando sopla viento lateral. En entrevistas posteriores recuerda nombres como el de Soufiane Haddi, marroquí con talento para la montaña y margen para haber llegado al WorldTour, y lo hace con la satisfacción tranquila de quien siente que ha dejado algo más que un registro de vatios en los archivos. Mientras tanto, su vida cotidiana transcurre entre mezquitas, avenidas infinitas, circuitos cerrados en el desierto y una temperatura que obliga a reorganizar horarios y costumbres. Echa de menos la quietud de su pueblo abulense, el paseo hasta la panadería, las conversaciones sin prisa.
Pero cada vez que se engancha el dorsal, cada vez que ve a un joven compañero llegar reventado al hotel después de una etapa dura, recuerda por qué sigue allí. Cuando parece que ese ciclo podría agotarse, Japón abre una nueva puerta. El equipo Matrix Powertag le ofrece un lugar en su plantilla y Mancebo, que ya ha cumplido los cuarenta, acepta como quien firma un pacto con el tiempo. En el pelotón japonés se convierte en una figura casi exótica: un escalador europeo que ha hecho podio en la Vuelta y que, sin embargo, se presenta en la salida de carreras como el Tour de Japón, el Tour de Kumano o pruebas en Filipinas y Malasia con la humildad de un neoprofesional.
Los aficionados, curiosamente, lo tratan como a un ídolo de siempre; se aprenden su nombre, le piden fotos, llenan cunetas y pasos estrechos con una devoción ordenada que mezcla disciplina local y pasión por el sufrimiento ajeno. A los 46 años, todavía bajo el paraguas de Matrix, sigue subiéndose a podios, ganando etapas, orientando a compañeros veinte años más jóvenes. Dieciséis temporadas largas como corredor de élite en algún nivel, casi tres décadas desde aquel debut con Banesto. Mientras en Europa la conversación se centra en si este o aquel líder ha llegado con un punto de forma de más al Tour, él encadena temporadas en un calendario que alterna islas japonesas, archipiélagos filipinos y desiertos africanos.
La imagen romántica del ciclista que se retiraba a los treinta y pocos dejo paso, en su caso, a la práctica obstinada de alargar la profesión hasta donde el cuerpo y la cabeza quisieran. En medio de todo ese periplo, hubo un momento en que la historia pudo haber dado un giro inesperado. Hacia 2012, su nombre vuelve a sonar en los despachos de la casa Abarca, ya con Movistar como patrocinador principal. Las versiones coinciden en lo esencial: se abre una conversación, se valoran pros y contras, los responsables deportivos dan su aprobación deportiva.
Desde el punto de vista puramente ciclista, el fichaje tiene sentido. Experiencia, regularidad, conocimiento de la casa, coste probablemente asumible. Durante unos días, quizá semanas, parece que el círculo puede cerrarse, que aquel joven que se marchó abruptamente por culpa de un sumario puede volver vestido de azul Movistar para completar una carrera que la Operación Puerto dejó en suspenso. El frenazo llega desde otro lugar: los patrocinadores.
O, más concretamente, la preocupación por la imagen. El pasado vinculado a Puerto pesa demasiado. Las marcas que sostienen el proyecto prefieren no asociar su logo a un nombre que los titulares vuelven a rescatar cada vez que el caso judicial reaparece. Nadie cuestiona su rendimiento.
Nadie discute que siga siendo un profesional serio. La objeción es otra: el riesgo de que el relato de renovación y de ciclismo nuevo quede contaminado por un regreso tan simbólico. Unzué traslada la decisión y la operación se detiene. Para Mancebo, es la confirmación de algo que ya intuía: esa era su última bala para volver al WorldTour.
Años más tarde reconoce un detalle revelador. Si hubiera fichado por Movistar, probablemente se habría retirado pronto. No porque faltaran ganas, sino porque el máximo nivel actual, con su exigencia feroz de entrenamientos, concentraciones en altura, controles continuos y tensión mediática, habría hecho muy difícil estirar la cuerda hasta casi los cincuenta. Paradójicamente, el veto que le cerró la puerta de la casa en la que había crecido le abrió la posibilidad de un tiempo extra largo, de esos que en el fútbol se viven con sudor frío y en su caso se convirtieron en una prolongación casi natural de su oficio.
Mientras rueda por Asia y África, la Operación Puerto sigue apareciendo y desapareciendo en la conversación pública como un río subterráneo. Cada pocos años, una nueva pieza judicial, una entrevista, un aniversario, y otra vez los mismos nombres. Mancebo se muestra cansado de esa reaparición cíclica. Habla del caso como algo que reaparece «como el Guadiana», entra y sale de escena pero nunca desaparece del todo.
Su discurso no es el de quien pretende borrar el pasado, sino el de quien reclama que su carrera no quede reducida a un titular judicial. Insiste en que cualquiera que entienda un poco de ciclismo puede valorar sus resultados y su longevidad y sacar sus propias conclusiones. La prolongación de su nivel competitivo durante casi veinte años ofrece, cuando menos, un dato interesante. No se trata solo de que haya seguido sumando victorias y podios en América, el Golfo o Asia, sino de que ha mantenido una regularidad que muy pocos jefes de filas de su generación han logrado.
Mientras otros se retiraban al coche de equipo, al plató de televisión o a la oficina de representación, él seguía levantándose a las seis de la mañana en lugares tan dispares como Dubái, Kumano o una isla del mar de China para desayunar pasta recalentada y subirse a una bicicleta. En paralelo, la saga Abarca celebraba sus cuatro décadas de vida. Reportajes, documentales, libros, artículos que trazan una línea clara: de Perico y Arroyo a Indurain, de ahí a Valverde, Pereiro, Sastre, Nairo, los jóvenes de ahora. En ese mural, Mancebo aparece sobre todo en las fotos de principios de los 2000, maillot de Banesto o iBanesto, cara de escalador serio que todavía tiene todo por delante.
El después, ese larguísimo epílogo profesional lejos de Movistar, queda fuera del relato oficial. No hay imágenes suyas levantando los brazos en Utah o en una etapa perdida de Malasia cuando se repasa la historia del equipo. Y, sin embargo, su trayectoria posterior ilumina una dimensión menos vistosa pero muy real del ciclismo: la de aquellos a los que la puerta grande se les cierra de golpe y, aun así, encuentran maneras de seguir siendo profesionales dignos en carreteras secundarias. El último giro de su viaje llega ya en la segunda mitad de la década de 2020.
Muchos pensaban que, tras la etapa japonesa, al fin colgaría la bicicleta. Pero todavía quedaba una vuelta de tuerca. En el Tour du Sahel, carrera africana de categoría UCI, gana una etapa con 48 años y se convierte en el ciclista más veterano en imponerse en una prueba del calendario internacional. La imagen es potente: un corredor que fue tercero en la Vuelta a España cruza la meta en una carretera polvorienta, rodeado de niños que corren junto a las vallas, con el desierto no muy lejos.
No hay podio monumental, no hay protocolo de gran vuelta, pero sí una línea de continuidad evidente entre el chico que debutó con Banesto y el veterano que levanta los brazos en Mauritania. Poco después se confirma su fichaje por el Pingtan International Tourism Island Cycling Team, una estructura china de categoría continental que combina jóvenes talentos asiáticos con uno de los currículums más largos del pelotón. Allí llega Mancebo al borde de los cincuenta, convertido en una especie de enciclopedia viviente de carreras, concentraciones, aeropuertos y masajes. Vuelve a asumir el papel de referencia para chavales que sueñan con Europa y, al mismo tiempo, reivindica una manera de vivir el ciclismo que no pasa necesariamente por los focos del Tour.
Imagina que el bar del principio sigue abierto, misma tele, mismas camisetas algo más amarillas por la nicotina y los años. Alguien vuelve a preguntar qué fue de Mancebo después de Movistar, entendiendo Movistar no solo como un patrocinador sino como la casa en la que se formó. Ya no basta con encogerse de hombros y decir que se perdió por ahí. Ahora puedes contestar que siguió ganando carreras en medio mundo, que en Dubái enseñó a jóvenes corredores a entrenar como profesionales, que en Japón fue el veterano respetado al que todos miraban cuando el pelotón se tensaba, que en el Sahel se convirtió en el ganador UCI más veterano de la estadística y que, cuando muchos ya llevaban años retirados, él seguía buscando el siguiente dorsal.
Mientras Movistar sumaba podios en el Tour con Nairo o Enric Mas y celebraba la longevidad casi inédita de Valverde, uno de sus viejos proyectos de jefe de filas, expulsado de la primera línea por un caso que nunca le impuso una sanción escrita, recorría una geografía paralela. Menos glamour, menos focos, menos titulares, pero más kilómetros, más anécdotas, más jóvenes a los que aconsejar y más mañanas de hotel en las que comprobar, ante el espejo, que todavía hay ganas. La Operación Puerto le cerró la gran puerta del WorldTour y del Movistar que pudo haber sido su último tren; él respondió abriendo una docena de puertas más pequeñas repartidas por medio planeta. Quizá ese sea el legado menos visible de Mancebo para la saga Abarca: recordar que el ciclismo no se agota en los Campos Elíseos ni en la Cibeles, que también hay héroes discretos en carreteras sin cámaras, que una carrera profesional puede ser larga, sinuosa y digna sin necesidad de un último gran contrato.
Cuando se apague la tele del bar y ya solo se escuche el ruido del lavavajillas, quedará esa imagen: la de un hombre que, muchos años después de salir por la puerta de la casa que lo vio crecer, sigue pedaleando en algún lugar del mundo, doblado sobre la bici, con ese estilo inconfundible, persiguiendo una meta que quizá solo vea él, pero que le basta para seguir siendo lo que siempre fue: ciclista.